Steve Rogers siempre había sido un hombre de acción más que de palabras, pero cuando se trataba de Tony Stark, todo cambiaba. Se encontraba en un terreno extraño, uno donde la estrategia no tenía que ver con estrategias militares ni con mapas de batalla, sino con sonrisas, gestos y paciencia. Y aunque no lo admitiría en voz alta, estaba planeando algo: enamorar poco a poco a Tony Stark.

Lo curioso era que lo pensaba como si fuera una misión. Tal vez por costumbre, tal vez porque era la única manera que conocía de organizar el caos que provocaba Stark en su vida. Tenía un "plan", o al menos una serie de pasos que le daban la ilusión de estar preparado frente a lo impredecible que era Tony.

El primer paso era sencillo: estar cerca. Steve se dio cuenta de que Tony trabajaba mejor cuando tenía compañía, aunque fingiera lo contrario. Así que comenzaría a aparecer en el taller con cualquier excusa: preguntar por un proyecto, llevarle café —aunque nunca acertaba con la cantidad exacta de azúcar—, o simplemente se quedaría en silencio mientras Tony hablaba sin parar. La cercanía era el terreno inicial, el lugar donde podía observarlo y, de paso, dejar que Stark se acostumbrara a tenerlo allí.

El segundo paso consistía en los pequeños gestos. Steve no era un hombre de grandes palabras, pero sabía escuchar. Así que cada vez que Tony diga un comentario sarcástico sobre no tener tiempo para comer, Steve se aseguraría de dejar un plato cerca de él. Si el genio se quejaba del frío del laboratorio, Steve dejaría su chaqueta en el respaldo de la silla sin decir nada. Eran detalles tan simples que Tony, en apariencia, apenas notaría. Pero Steve sí lo hacía. Y en su mente, cada gesto era un ladrillo más en la construcción de algo duradero.

El tercer paso era demostrar interés. Tony tenía la costumbre de hablar como si todos los demás estuvieran dos pasos detrás de él. La mayoría de las personas se perdían en su lenguaje técnico o simplemente dejaban de escuchar. Steve no. No siempre entendía todo, pero preguntaba, anotaba palabras en una libreta para buscarlas después, y a veces hasta dibujaba lo que Tony explicaba para entenderlo mejor.

El cuarto paso, sin embargo, era el más delicado: hacer reír a Tony. Steve sabía que bajo todo el sarcasmo y la arrogancia había un hombre cansado, que a veces se refugiaba en su humor para no mostrar sus grietas. Así que se propuso encontrar maneras de arrancarle sonrisas genuinas. No serían chistes elaborados; a veces debe bastar con responder con ironía, algo que Tony jamás esperaría de "el Capitán Correcto". Otras veces, simplemente iba a aceptar participar en su juego de palabras rápidas.

El quinto paso era abrirse un poco más. Steve siempre había sido reservado, un hombre de otra época que guardaba sus emociones tras una fachada de disciplina. Pero comprendió que con Tony debía mostrar algo más que el "Capitán América". Así que debía empezar a contarle cosas que no solía decirle a nadie: historias de Brooklyn, recuerdos de su madre, sus dudas sobre el mundo moderno. Lo haría poco a poco, a su ritmo, pero suficiente para que Tony entendiera que confiaba en él.

Y finalmente, estaba el último paso, el más arriesgado: declararse. No sabía cuándo ni cómo lo haría, pero lo planeaba como un soldado que estudia el momento oportuno para moverse. Steve quería que fuera sincero, sin dramatismos ni artificios, pero también quería que Tony comprendiera cuánto había significado ese proceso. Todo el esfuerzo, los gestos, las risas compartidas... no eran casualidad.

Mientras pensaba en todo esto, Steve se sorprendía a sí mismo sonriendo. Porque lo cierto era que, a pesar de todo el plan, enamorarse de Tony Stark no había sido algo que pudiera controlar. Había sucedido poco a poco, casi sin darse cuenta, en medio de batallas, discusiones y silencios compartidos. Y tal vez, solo tal vez, ese era el verdadero plan: dejar que el amor se abriera camino de la forma más natural posible.

Primer paso: Estar cerca.

El taller de Tony Stark tenía algo de santuario y algo de campo de batalla. Un lugar donde las piezas metálicas, pantallas y prototipos un poco destructivos se mezclaban con el aroma a café y aceite. Tony pasaba horas allí, y más de una vez se quedaba hasta que la madrugada lo encontraba todavía soldando, escribiendo ecuaciones o hablando solo como si FRIDAY fuese un público suficiente.

Steve lo sabía. Y por eso, una tarde, decidió entrar sin tanto preámbulo. Había practicado la excusa de camino al laboratorio, sosteniendo un vaso de café en una mano. "Le llevo esto porque no ha comido en todo el día". Era sencillo, convincente. Claro, siempre y cuando Tony no preguntara demasiados detalles.

Cuando la puerta se abrió, Tony ni siquiera levantó la vista del holograma que tenía frente a sí. Solo dijo:

—Si no eres una pizza o un descubrimiento científico, entonces cierra la puerta.

Steve sonrió levemente y avanzó, dejando el café sobre la mesa más despejada que encontró (lo cual significaba que estaba llena solo a medias de tornillos y destornilladores).

—No soy ninguna de las dos, pero pensé que te vendría bien esto.

Tony alzó la mirada, arqueando una ceja al ver al Capitán América, imponente en un lugar lleno de caos y chatarra.

—¿Qué es esto, Rogers?

—Solo café —respondió Steve con calma, encogiéndose de hombros.

Tony tomó el vaso, lo probó y frunció el ceño dramáticamente.