El complejo estaba vacío aquella noche. O al menos lo parecía. Los pasillos brillaban con luces bajas, el eco de los pasos rebotaba en las paredes metálicas y el laboratorio de Tony se mantenía encendido, como un corazón artificial latiendo en medio de un cuerpo sin alma.

Él estaba sentado frente a la mesa, rodeado de piezas de armaduras a medio ensamblar, pantallas con diseños inconclusos y vasos de café vacíos. FRIDAY, por su parte, no decía nada. Había aprendido a quedarse en silencio cuando su jefe entraba en esos estados, los momentos en que miraba fijamente un punto y parecía ausente, atrapado en un recuerdo que no quería pero del que no podía escapar.

En el escritorio, un objeto desentonaba con toda la tecnología alrededor. Un pequeño teléfono plegable, demasiado simple para pertenecer a alguien como Tony Stark. Junto a él, un sobre gastado, con la caligrafía pulcra de Steve Rogers.

Tony lo había leído tantas veces que ya no necesitaba abrirlo para repetir cada palabra. Y sin embargo, ahí estaba, todavía guardado. Todavía intocable.

-Eres un idiota, Rogers -murmuró, girando el vaso de whisky en su mano-. ¿Quién demonios manda cartas en pleno siglo XXI?

"¿Quién demonios escribe cartas en pleno siglo XXI?", se corrigió mentalmente. Porque lo cierto era que ya llevaba dos horas frente a una hoja en blanco. No había dicho nada, pero el impulso estaba ahí, presionando su pecho.

FRIDAY, rompiendo el silencio, se atrevió a decir.

-Señor, si me permite... usted suele dejar las cosas sin terminar. Proyectos, inventos, incluso conversaciones. Pero tal vez esta no debería ser otra de esas.

Tony frunció el ceño.

-¿Ahora eres mi terapeuta? ¿Debería pagarte por hora?

-Ya me paga, señor -respondió FRIDAY con calma.

Tony sonrió, cansado. Siempre había una réplica lista en su sistema, incluso cuando no quería admitir la verdad.

Suspiró y bajó la mirada hacia el papel en blanco. Pensó en abrir un archivo en la computadora, en dictar unas palabras rápidas, en enviar un mensaje virtual que pudiera borrar con un clic si se arrepentía. Pero no. Steve había escrito a mano. Y por alguna razón, Tony sintió que si quería que esto significara algo, debía hacer lo mismo.

Dejó el bolígrafo sobre la hoja en blanco y lo giró entre sus dedos. El simple hecho de tener que escribir algo lo hacía sentir ridículo. ¿Él, Tony Stark, escribiendo cartas como si fuera un poeta del siglo pasado?

Pero lo intentó.

"Steve, ¿qué tal? Aquí Tony, el tipo al que casi matas hace unos meses. Bueno, técnicamente no fuiste tú, pero no vamos a ponernos a discutir sobre eso, ¿verdad? De todas formas, gracias por el souvenir, una colección de traumas que ni mi psicólogo favorito -yo mismo- podría arreglar. Fin."

Tony miró la hoja, la arrugó y la lanzó al suelo.

-Sí, Stark, genial. Pareces adolescente resentido. Eso seguro lo hará correr de vuelta a tus brazos -gruñó.

Respiró hondo, tomó otra hoja y volvió a empezar.

"Querido Steve..."